lunes, 14 de mayo de 2007

Vean el cuandro de Watts por un minuto y digan algo


Impresiona la reacción que alguien puede tener al ver una simple imagen. En un trazo de colores amigablemente mezclados, se reinterpreta el mito, se reescribe la Historia.



La casa de Asterión (sólo un borrador)


El minotauro, ensimismado, contenía el aliento y dejaba caer una lágrima a cada grito de Teseo. Su falta de hambre había salvado al muchacho, y ahora el muchacho lo podía salvar a él.


Asterión dejó de mirar el horizonte y levantó la espada. Se dirigió al afortunado hombre y arrojó el arma a unos pasos de Teseo. El minotauro lo liberó de las cadenas y le dio la espalda a su pasado, para mirar, en algún lugar desprovisto de paredes, la inmortalidad.

Para los fotógrafos


A su izquierda podrán encontrar una columna de fotos. Ahí, en ese espacio, procuro subir las fotos que, de alguna manera, reflejan quien soy. Hay pocas, es cierto, y se preguntarán porqué. Pues bien, tengo un conflicto extraño e inverosímil con las fotos. En la mayoría salgo mal. Y es que cuando estoy en frente de una cámara, suspiro, muevo las manos, las sacudo, rechazo la invitación para posar pero, finalmente, poso. Si no puedo presentarme natural frente a las cámaras, cómo una foto puede reflejar quién o cómo soy. ¡No puede! Sin embargo, y esto es una barbarie, la fotografía da un sentido ontológico a lo fotografiado. Es decir, frente al público, la imagen de la persona (o cosa) fotografiada se convierte en lo real, cuando verdaderamente sólo aparenta lo real.

Y este razonamiento involucra al aspecto físico también. Es decir, no sólo que la fotografía no retrata personalidades (algo obvio), sino que tampoco retrata fielmente lo físico. Pues la cámara sólo captura poses, sonrisas, ojos bien abiertos para mermar el impacto del flash, músculos faciales tensionados; captura la ansiedad, la vanidad y la verguenza. No, no, ni siquiera reproduce con acierto la realidad física.

Cuando concluí esto, me tranquilicé. Puedo, entonces, aparentar algo que no soy (en las fotografías), pero sólo es una apariencia, y las apriencias engañan e intrigan. Esto último, siempre es más gratificante.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Foto antes de la boda


Mientras esperábamos que las niñas se alisten, nos entretuvimos tomando unas fotos

martes, 8 de mayo de 2007

Llorar, llorar

Cuando la gente llora ocurre algo curioso. Hablo, claro está, de esos llantos que llaman la atención; de los que producen tantas lágrimas que la camiseta resulta mojada.

Lo curioso, continuamos, es el grito. ¿Por qué la gente grita cuando llora? Se entiende, mas bien, que llorar es un acto de recogimiento, de reflexión, de individualismo. El grito, por otra parte, en este caso, es una reacción casi histérica. Un contasentido total al ritual del llanto.

Si inferimos correctamente, y dejando de lado los motivos, para llorar el individuo se tapa con decoro el rostro, casi con vergüenza. Varios sollozos, a un ritmo cardíaco normal, anteceden al brote conmovedor de las lágrimas. La mano, hecha puño, sostiene la frente, como para que la cabeza descanse ante el peso de las lágrimas que descargan las penas más extrañas, inverosímiles y risibles que tiene el hombre. Por último, cuando los mocos ya incomodan la respiración, para sonarse la nariz hace falta erguir la espalda, pasar el dedo índice por las pestañas inferiores para recoger el exceso de lágrimas, tomar un bocado de aire y exhalar furiosamente.

Dentro de esta imagen, tan normal y espontánea, el grito, con su absurdo e insultante parecido a la risa, desfigura la finalidad estética del llanto.

Lloremos bien, por favor.

lunes, 7 de mayo de 2007

Ver la hora


"Tú eres el regalado en el cumpleaños del reloj".

Cortázar fue un genio. Una de la razones, fijarse en lo menos serio dentro de lo más serio. La pequeña cita que precedió a este párrafo, pertenece a la última oración de Preámbulo para dar cuerda a un reloj; un cuento que les recomiendo.

Sí, muchos coincidirán en que fijarse en el paso del tiempo en un reloj es algo poco serio, cotidiano, digamos. Sin embargo, esa acción te permite ser testigo de algo que nunca se deja ver: el tiempo. ¡Ahora sí!, el tiempo sí es algo serio, ¿o no?

Hablar sobre estos detalles, estas cosas diarias, no es, entonces, intrascendente. Recuerdo haber leído, hace algún tiempo atrás, que el abuelo de Henry Miller le preguntó a éste:
(el diálogo iba mas o menos así)

-¿Qué pasa?¿Qué te tiene tan concentrado?
-La gente.
-¿La gente? -el abuelo alzó la mirada y no observó a nadie. Todo era campo, sólo campo.
-¿Por qué la gente prefiere concentrase en un sólo lugar cuándo hay tanto espacio aquí?
-Porque en las ciudades hay más comodidades. -Dijo el abuelo.
-¿Sabes cuándo me siento incómodo?
-¿Cuándo?
-Cuando mi maestra dice hay que cambiar . Siempre hace una mueca idiota con su boca
-Henry, hijo, ¿cómo te puede eso incomodar? Es algo que no va a cambiar. Deja de fijarte en pequeñeses.

Si el muchacho hubiera dejado de fijarse, probablemente hoy no podríamos disfrutar de Trópico de Capricornio, o de Cáncer,o , en definitiva, no hubiéramos disfrutado la literatura de uno de los más grandes escritores estadounidenses.

Les invito, pues, a fijarse en la cotidianidad. Es gratis y no hace daño.